miércoles, 12 de diciembre de 2007

Autodeterminación
SALMAN RUSHDIE

La autodeterminación es un concepto político cuyos orígenes se encuentran en el pasado colonial, pero cuya vigencia continuada plantea al mundo moderno una sorprendente variedad de enigmas. La declaración de independencia de Lituania, la exigencia de que se constituya un Estado palestino, la insurrección de Cachemira, las vicisitudes de la minoría tamil en Sri Lanka, la opresión que padecen los kurdos y la demanda de, al menos, algunos síjs indios de un Khalistan independiente son todos ellos, en alguna medida, variaciones sobre el mismo tema. ¿Cuáles son las implicaciones de todos estos impulsos de ruptura? ¿Tiene cualquier grupo derecho a la autodeterminación simplemente porque así lo decide? ¿Y si Escocia la pide, por qué no el barrio londinense de Pimlico?Lituania y Letonia y Estonia- son, creo yo, casos especiales, porque son Estados prisioneros de una distorsión del tiempo histórico. Viven bajo la égida del último imperio centralista del mundo, y a causa de ello, su lucha por la autodeterminación es del viejo tipo antiimperialista. Pero sus dificultades no se acabarían con la retirada de Moscú, y ello porque sencillamente dependen casi al ciento por ciento en el aspecto económico. ¿Qué valdría su independencia mientras subsistiera tal situación? ¿Puede darse un Estado independiente que sea completamente dependiente?
Las dudas sobre la viabilidad económica, sin embargo, no aminoran, ni quizá debieran aminorar, las exigencias de libertad de un pueblo. (Puede que Karl Marx estuviera equivocado al considerar que la economía es lo principal; puede que lo principal sea la cultura y que la economía sólo venga en segundo lugar).
Se podrían esgrimir argumentos convincentes en contra de la viabilidad económica de un Estado palestino independiente o de una Cachemira autónoma, pero estos razonamientos no irían muy lejos con un cachemir o con un palestino, porque unos y otros están comprometidos en una lucha muy actual por la autodeterminación; y quienes se les oponen no son colonialistas arcaicos, sino Estados contemporáneos que se enorgullecen de sus tradiciones seculares y de sus valores democráticos.
Todo esto revela que en el mundo moderno la exigencia de autodeterminación se debe, principalmente, a un fallo de la democracia. El propio presidente de Israel acusó esta semana a sus políticos de "hacer de los principios de la democracia una farsa". Y la política israelí en Cisjordana y Gaza -la violenta represion de la Intifada, el asentamiento de inmigrantes judíos en tierra árabe, el cierre durante tres años de todas las universidades y escuelas- es, como ha señalado Margaret Thatcher, extremadamente dañina para la reputación israelí y para su posición en el mundo. También en Cachemira el descontento actual es resultado directo de los largos años de represión de las aspiraciones del pueblo cachemir por parte del Gobierno indio.
Para su mala suerte, el nuevo primer ministro indio, V. P. Singh, ha heredado los resentimientos cachemires acumulados, en gran parte por culpa de anteriores Gobiernos del Partido del Congreso, y al mismo tiempo ha tenido que depender de los votos del partido fundamentalista hindú Bharatiya Janata (BJP), antimusulmán, para mantenerse. Kuldip Nayar, nuevo embajador indio en Londres, sugería en The Independent el pasado 24 de abril que, en Cachemira, "India está luchando por conservar los principios de laicismo". Pero hace tiempo que el laicismo indio les da a los cachemires la sensación de parecerse mucho a una ocupación militar. Y cuando se pide a la gente que elija entre los tanques y las mezquitas, normalmente no elige los tanques. Es el fracaso de la política laica india en Cachemira lo que ha arrastrado a gran número de sus ciudadanos hacia un tipo de fundamentalismo islámico del que habían huido anteriormente.
Los resentimientos cachemires son muy profundos. Estuve por última vez en el valle de Cachemira en agosto de 1987, rodando una película para la televisión sobre el 40º aniversario de la independencia india. No encontré a un solo nativo en la calle que sintiera por la India independiente otra cosa que desprecio. Incluso entonces había disparos todas las noches en las calles, y los partidos religiosos extremistas crecían a gran velocidad. "Cuando Zia Ul Haq ejecutó a Bhutto", me dijeron, la gente de aquí le odiaba. Pero si Zia nos invadiera ahora se le aclamaría como a un libertador". Había una generalizada tendencia a idealizar Pakistán. "Un primo mío fue a Lahore", me contó una persona, "y es asombroso: todas las casas de los distritos residenciales caros tienen nombres musulmanes en las puertas". Y aunque aduje que el suave islam sufí adorado por los cachemires era precisamente el tipo de islam que el régimen de Zia y los fundamentalistas estaban intentado erradicar, el argumento no convenció a nadie. Si Pakistán era una dictadura, me dijeron, ¿qué creía yo que era Cachemira? Al menos, en Pakistán era una dictadura musulmana.
El Pakistán de hoy ya no es una dictadura, y aun cuando no pueda decirse que la democracia esté bien asentada en aquel país, sigue sien o, para muchos cachemires, un Estado idealizado. No obstante, muchos otros están menos interesados en unirse a Pakistán que en conseguir la autonomía de la India: la autodeterminación.
Los cachemires no son fanáticos. Tampoco lo son los palestinos. Si India desea solucionar el problema cachemir, si Israel desea tener paz, la democracia tendrá que demostrar lo que vale. Y eso no se consigue con metralletas Uzis o con tanques.
Salman Rushdie es escritor británico de origen indio.